martes 22 de noviembre de 2011
LLUEVE SOBRE MOJADO
miércoles 8 de junio de 2011
REFLEXIÓN EN PAPEL DE CEBOLLA
Y de pronto hay días, que no son mejores ni peores, en los que no ocurre nada distinto. Días en los que te levantas a las siete menos cuarto, te duchas, intentando que la pereza se vaya por el desague, entre el agua y el jabón, y te vas a trabajar. Y algo ocurre, entre el trabajo y la comida, entre la comida y el café. Entre el trabajo otra vez y la coca-cola de las siete. Y no se que ocurre, porque realmente no pasa nada. Nada excepto que por un momento se te enciende la luz, y lo ves todo claro.
En ese momento te sientes una auténtica Gilipollas (con perdón, y con mayúscula). Y tienes complejo de madre abnegada a la que todo el mundo ignora. Pero a mi me gusta la abnegación, y no se si el problema está en la actitud o en el mundo, desagradecido y volátil.
Y te das cuenta de que malgastas una cantidad escandalosa de energía, que roza la obscenidad, en pensar en ese mundo que te rodea pero que nunca te toca.
Afortunadamente siempre hay excepciones que te hacen sentir que merece la pena.
Al final, lo que vale, son esas las excepciones
miércoles 23 de marzo de 2011
PARA ELISA
martes 21 de diciembre de 2010
Silencio
- Buenos días Elena -
- Trabajo en Recursos Humanos, ¿recuerdas? Tengo acceso a las fichas de todos los trabajadores- Expuso orgulloso. - Me debes un café.- Hoy a la salida tenía pensado tomar algo en la cafetería de abajo, te apuntas?- Tiene que contestar otra cosa, tiene que contestar otra cosa, se repetía.
- Hasta ahora.
- Javier, vendrás?- Tiene que contestar, tiene que contestar.
Pero Javier ya se había ido. De pronto la luz de la impresora se encendió demandando papel. - No puede ser, esto no está pasando – se decía – No es posible.
Elena se levantó, como si se encaminara hacia su sentencia de muerte, y se quedó delante de la impresora. La luz continuaba parpadeando, un rápido parpadeo que la angustiaba cada vez más. No supo qué hacer ni como seguir. Las sienes le ardían y el cuerpo le quemaba. Por sus manos corría un frío sudor que auguraba un final incierto.
De pronto, con la vista perdida y las manos temblorosas, comenzó a llorar. Fue un llanto íntimo, de los que casi no se oyen. Pero Elena lo oía, y atrapó en su cerebro el sonido de ese llanto, mientras sus manos seguían temblando. Entonces, tiró del cajón de la impresora.
lunes 13 de septiembre de 2010
Esperando al Informático
jueves 19 de agosto de 2010
EL VIAJE
Al séptimo o al octavo, no lo recuerdo bién. Tampoco sé si escapar es la palabra apropiada. Quizá tenga más sentido huir, o tal vez alejarse. Si, realmente se alejó, porque hay cosas de las cuesta demasiado escapar. Cosas que se pegan a tí como una rémora. Al menos de momento. Al menos, por ahora.
Al séptimo día se alejó
Había deborado más de mil kilómetros, los que separan la Bahía de Cadiz de algún lugar escondido en Finisterre. Ahora mira el mar que engulle minuciosamente los restos de un sol que todavía calienta. Mil kilómetros. Su viejo Volkswagen, había aguantado escoicamente la penitencia, como si fuese él el culpable de la huida.
Después de mucho pensar, o más bien en el momento menos pensado, Diego compró dos cajas en una tienda de regalos de la Isla del León. Una roja y una azúl. En la roja guardó todo aquéllo que quería recordar. Una agenda de piel, dos sudaderas viejas, un libro dedicado, y unas cuantas fotos entre otras cosas. La caja azúl la reservó para el destierro. En ella, enterró toda aquello que quería olvidar, pero de lo que no se podía deshacer, no por el momento. Un perfume, una rosa, un poema. Uno entre muchos.
Al día siguiente, cuando el amanecer todavía no había irrumpido en la noche, cargó el coche y se fué. Antes de abandonar la ciudad, paró un momento en las afueras. Miró a lo lejos y dedicó tres lágrimas al horizonte, mientras oteaba las casas blancas de tejados rojos que se amontonaban en la llanura. Tres lágrimas, la cuarta no pudo. Lastima. Arrancó el coche y continuó.
Nunca le había importado conducir durante horas. De hecho, antes de comenzar el viaje, Diego hizo un pacto entre caballeros. El conducía y Mike Olfield tocaba. Por supuesto, Diego prefería conducir antes que tocar.
La primera parada la realizó en Mérida. Siempre había tenido ganas de conocer la ciudad. Amante de los clásicos y atraido por la piedra, pasó allí tres días con sus tres noches. Mérida es una ciudad llena de vida. Cuna de civilizaciones, de hombres y mujeres con sus miserias y desengaños, con sus amores y traiciones. Piedra sobre piedra. Ruinas de una ciudad que un día fué grande y de la que hoy solo quedan resquicios. Sordos silencios. La ciudad cuenta pero también calla. En toda historia, siempre hay una parte que recordar y otra que olvidar, una caja roja y otra azul.
El último día, mientras desayunaba en una terraza de la plaza central, vió pasar a dos enamorados que jugueteaban con una camara de fotos. A Diego le encanta la fotografía. -También hay fotos en mis cajas- Pensó. Concluyó su visita con una propina de cincuenta centimos por un café, todavía le quedaba mucho camino por andar.
Próxima parada, Burgos.
Había pasado su infancia oyendo hablar de la ciudad del frío, como la había bautizado su difunto padre. Cada vez que el calor veraniego hacía de las suyas, con la humedad del mar de fondo, su padre recordaba aquel servicio militar en Burgos. - Eso si que es frío - Solía decir. -Aprenderíais a apreciar este clima si hubierais pasado un año en Burgos. ¿Cómo se puede ser tan fría y bella a la vez?- .
Para el padre de Diego, Don Tomás, Burgos era una ciudad imperial, custodiada por su catedral, joya gótica donde las halla, y cubierta por el frío. Ahora Diego estaba allí. Compró un bocadillo y se lo comió sentado, frente al edificio. Deteniéndose en la piedra blanca. Piedra, otra vez. Fría y bella. - No hay tanta diferencia entre las ciudades y las personas- Pensó. La luz ténue del atardecer creaba una mágica combinación de colores sobre la tez blanquecina del edificio. Un color que Diego nunca imaginó. -Que extraño- pensó - Colores nuevos- De pronto sonrió para sí. Llevaba tiempo sin sonreise, y se dió cuenta de que quizá le quedaban por descubrir las cosas más obvias.
Última parada. Santiago de Compostela.
Si grandes fueron las ciudades anteriores, majestuosa era la catedral de Santiago. Se quedó parado frente a ella, observándola, intentando escuchar algo a través del vidrío, de las campanas o de la piedra. Y escuchó, aunque en un idioma extraño, que tardaría tiempo en descifrar. No es fácil escuchar, pero es mucho más dificil entender. De pronto se sintió aliviado. Con fuerzas. Entró en la Catedral y un sentimiento de paz afloró en él. Intimidad y misticismo, producto del incienso, la música y el ruido de pasos de peregriños.
El bullicio contenido no rompía el silencio. La luz blanquecina que se colaba por las ventanas atravesaba las naves laterales hasta fundise en el centro. Y allí estaba él. Sorprendido ante la fé de los peregrinos y emocionado por la intensidad del momento. Detrás del retablo mayor que hay encima de la cripta, los creyentes besaban al Santo. Y muchos lloraban, emocionados.
- La fé lo es todo - pensó. - Nunca hay que dejar de creer -.
Respiró una útlima bocanada de incienso, y abanonó el templo. Se sitió aliviado, sin saber por qué. Solo le quedaba terminar el viaje, o comenzarlo. Todo depende del cristal con el que se mire, de la fé que se tenga.
Final de trayecto. Finisterre.
Encontro una pensión en una aldea rehabilitada. Por el momento se hospedaría allí. Más adelante rentaría alguna casita pequeña, con terraza exterior. Ese espacio era importante. Sí. Una terraza en la que poder escribir en las noches de primavera, cuando la aldea duerma y su lápiz despierte. Escribir a la luz de un candil, para no llamar la atención, y con una chaqueta de lana para resguardarse del frío. Abrió la maleta y colocó sus dos cajas en el armario. Se dío una ducha y abandonó la estancia.
Después de un largo paseo, llegó a un acantilado, en el que contempló el atardecer en Finisterre. Donde acaba la tierra. Había prometido irse al fin del mundo y cumplió su amenaza. Pero nunca imaginó que el fin podía ser tan bello. Llegado a este punto, cuesta incluso pensar que haya existido algo anterior.
Mientras mira la lejana línea donde el cielo se une con el mar, Diego comienza a sentir la paz que venía buscando. Quizá era un traje a medida que ha venido haciendosé desde Cádiz. El hilo en la despedida de sus casas blancas, su pueblo, y sus tres lágimas. La cuarta no pudo ser, pena. La tela se vino haciendo en sus tres paradas. La piedra de Mérida, la luz de Burgos y el olor de Santiago. Las formas se están definiendo en Finisterre. En su pequeña pensión, en aquella casa que quería rentar y en esta puesta de sol. El traje está por hacer, pero ya tiene los patrones.
Ahora Diego tenía claro que la tierra era redonda. La curbatura del horizonte mostraba su grandiosidad. Y en medio del espectáculo, terminó de ocultarse el sol. Mañana volverá a salir. Porque el sol siempre, siempre sale. Y el mundo, redondo, por fín, seguía girando, como diría un viejo trovador "el mundo no se ha parado ni un momento".
Y al Octavo día, descansó.
Porque descansar es darse cuenta que aunque se está jodido, hay esperanza.
Y al noveno día, comenzó de nuevo.
martes 13 de julio de 2010
Despertar
