martes 22 de noviembre de 2011

LLUEVE SOBRE MOJADO

Llueves, Abril, y yo lluevo contigo, pero no te mojo. Miro por la ventana, me absorve ese aire ceniciento que tienes. Esa tenue luz. Esa lluvia que no moja, pero cala. Y yo me siento calada hasta los huesos. Lleva lloviendo mucho abril, pero tu lluvia es ligera y monótona, y pasa inadvertida. Pero yo estoy calada, y no consigo secarme. Tengo frío y no puedo entrar en calor. Llueve Abril, pero tu no te mojas, y yo no me seco.

miércoles 8 de junio de 2011

REFLEXIÓN EN PAPEL DE CEBOLLA

Malgasto una cantidad escandalosa de energía en cuidar de mi mundo. Resulta casi obsceno, una entrega desproporcionada, una perdida de espacio vital.


Y de pronto hay días, que no son mejores ni peores, en los que no ocurre nada distinto. Días en los que te levantas a las siete menos cuarto, te duchas, intentando que la pereza se vaya por el desague, entre el agua y el jabón, y te vas a trabajar. Y algo ocurre, entre el trabajo y la comida, entre la comida y el café. Entre el trabajo otra vez y la coca-cola de las siete. Y no se que ocurre, porque realmente no pasa nada. Nada excepto que por un momento se te enciende la luz, y lo ves todo claro.


En ese momento te sientes una auténtica Gilipollas (con perdón, y con mayúscula). Y tienes complejo de madre abnegada a la que todo el mundo ignora. Pero a mi me gusta la abnegación, y no se si el problema está en la actitud o en el mundo, desagradecido y volátil.


Y te das cuenta de que malgastas una cantidad escandalosa de energía, que roza la obscenidad, en pensar en ese mundo que te rodea pero que nunca te toca.


Afortunadamente siempre hay excepciones que te hacen sentir que merece la pena.


Al final, lo que vale, son esas las excepciones

miércoles 23 de marzo de 2011

PARA ELISA

Por la puerta entreabierta de esa casa, se veía menos de lo que yo necesitaba. Pensé en llamar. Golpear la madera y esperar a que alguien me invitara a pasar. Pero la casa no estaba cerrada, y yo no esperaba ninguna invitación. Así que empuje lentamente la puerta y entré, comprobando qué había cambiado desde mi última visita.
Avancé por el patio, dejando a mi izquierda la escalera que conducía al segundo piso. Al otro lado, una puerta daba entrada al salón. Era un estancia sobriamente decorada con muebles de caoba. En las paredes, seguían colgando los mismos cuadros de escenas costumbristas que llamaban mi atención veinte años atrás. El piano también seguía allí.
Me acerqué sigilosamente, sin escuchar otro sonido que el crujir de mis zapatos. Encontrarme con él, era como darme de bruces con Elena. De bruces con la primera clase. De bruces con la primera mirada, la primera nota. Acariciar sus frías teclas, fue como volver a sentirla arder bajo mis dedos. Casi sin darme cuenta, comencé a tocar, mientras la notas me paseaban burlonas por mis recuerdos.
- Disculpe, desea algo?
De pronto la tuve frente a mí. Era la viva imagen de su madre. Me levanté despacio, intentando contener la emoción que había guardado celosamente durante años. Me aproximé estudiándola sin que ella lo supiera y cuando la tuve frente a mí, le tendí la mano. Me disculpé por haber entrado así en su casa, y le conté que había sido el profesor de piano de su madre.
Después de notar que cedía su desconfianza ante el extraño que tenía delante, me invitó a sentarme. Charlamos durante casi un ahora. Me confirmó la muerte de Elena, su pasión por la música y me habló de su padre. Se llamaba Andrea. Tenía 19 años y una sonrisa que transportaba en el tiempo. La conversación terminó casi a la vez que el café, y un abrupoto silencio irrumpió en la estancia.
- Entonces, dígame Eduardo, ¿Cuál es el motivo de su visita? - Me preguntó con el afán de continuar hablando.
- He venido a buscar a mi hija- Respondí- La hija que tuve con Elena.
La taza vacía se estrelló contra el suelo. Fuí a recogerla y me encontré con su rostro. Entonces el silencio se acomodó en la estancia, haciendo que el aire, por momentos, se espesara.

martes 21 de diciembre de 2010

Silencio

- Buenos días Elena -

- Buenos días Javier, ¿que tal?- respondió Elena sin mucho ánimo, mientras movía rítmicamente la cucharilla dentro del café.

- Pues yo bien, pero tuuu- Javier hizo una pausada decreciente para coger impulso - ¡¡¡¡Felicidades!!! Hoy es tu cumpleaños. ¿Cuantos caen?

- 25 - Respondió con fastidio - ¿Cómo lo has sabido?

- Trabajo en Recursos Humanos, ¿recuerdas? Tengo acceso a las fichas de todos los trabajadores- Expuso orgulloso.

- Me debes un café.

- Sí, por supuesto- Sonrió vagamente

- Hasta luego.

- Hasta ahora.

Javier abandonó el despacho en el que Elena se disponía a ahogar su monotonía diaria mientras mareaba el café. "Cumpleaños" pensó. Elena odiaba su cumpleaños. Odiaba las fechas en general, eran tan necias como las costumbres.La luz de la impresora se había encendido. "Papel, pensó" Estaba imprimiendo un listado bastante extenso, y la máquina se había quedado vacía. Se levantó con la parsimonia de quién no le apetece hacer nada, e intentó abrir el cajón de la impresora. "se ha atascado". Tiró con fuerza, hacia si misma sin mucho éxito. Repitió la operación una y otra vez, cada vez más mal humorada, hasta que de pronto, el cajón salió disparado, haciendo que Elena perdiera el equilibrio y cayera al suelo. Cayó, y se golpeó fuerte. Cayó, y un monstruoso estruendo invadió sus oídos. Cayó, y no pudo escuchar como su cuerpo se estrellaba.
- ¡Joder! que es eso que suena, ¡Por qué no me oigo! !No me oigo, no puedo oírmeee!
El estruendo cesó de golpe y con él, el mundo guardó silencio. Elena intentaba inútilmente escuchar su propia voz. Su garganta se desgarraba en un necio y estúpido esfuerzo por llegar a sus oídos. Pero no podía escuchar. Dudó unos segundos. No sabía si el problema era que no podía oír, o que no podía hablar. Y entonces, intentando encontrar su propia voz, comenzó a golpear la pared. Nada. El más absoluto vacío llenaba sus tímpanos. Tiró la impresora, golpeó los cristales, chilló y chilló, con más fuerza y aporreo puertas y armarios. Nada.De pronto se abrió la puerta del despacho. Elena postrada en el suelo, golpeando la tarima. Sus compañeros de trabajo, en el umbral de la puerta contemplaban la escena atónitos. Hablaban, pero ella no podía oírlos. Javier intentó acercarse. Pero ella no podía escuchar sus pasos. El sí oía sus chillidos. Elena arrodillada, continuaba chillando en una esquina de la habitación, hasta que de pronto, presa del pánico y la ansiedad, cayó desmayada al suelo.
- Son las 7, las seis en Canarias - Elena despertó empapada en sudor. Su respiración apresurada, era como la de un moribundo que vuelve a la vida. Miró la habitación. Consultó el reloj, y de pronto cayó en la cuenta. - "Las seis en canarias". Lo había escuchado.
Sin perder tiempo, corrió al baño y se contemplo en el espejo. -"Una pesadilla" -dijo. En otras circunstancias lo abría pensado, pero quería decirlo. Quería oír su voz, una y otra vez, para demostrarse así misma que podía hacerlo. "Una pesadilla". Entre alegría y confusión, comenzó a prepararse para ir al trabajo. Subió la música, cantó en la ducha, hizo todo el ruido posible al preparar el desayuno. Todo para seguir comprobando que todo estaba bien, que había sido una pesadilla, solo eso.
Cogió el coche y se encaminó al trabajo. Música, tráfico, bullicio, calles, gente, el sonido del telefonillo a la entrada de la empresa, y los buenos días de la recepcionista. Todo estaba ahí, como cada día.Aliviada, sacó un café de la máquina, y por fin tranquila, se preparó para un monótono día de trabajo.

- Buenos días Elena -
- Buenos días Javier, ¿que tal?- respondió Elena sin mucho ánimo, mientras movía rítmicamente la cucharilla dentro del café
- Pues yo bien, pero tuuu- Javier hizo una pausada decreciente para coger impulso - ¡¡¡¡Felicidades!!! Hoy es tu cumpleaños. ¿Cuantos caen?-
25, ¿Cómo lo has sabido?- De pronto un escalofrío recorrió todo su cuerpo- Quiero, decir, sí es mi cumpleaños, gracias por acordarte- Dijo apresurada intentando cambiar el ritmo de la conversación.

- Trabajo en Recursos Humanos, ¿recuerdas? Tengo acceso a las fichas de todos los trabajadores- Expuso orgulloso. - Me debes un café.- Hoy a la salida tenía pensado tomar algo en la cafetería de abajo, te apuntas?- Tiene que contestar otra cosa, tiene que contestar otra cosa, se repetía.

- Hasta ahora.

- Javier, vendrás?- Tiene que contestar, tiene que contestar.

Pero Javier ya se había ido. De pronto la luz de la impresora se encendió demandando papel. - No puede ser, esto no está pasando – se decía – No es posible.

Elena se levantó, como si se encaminara hacia su sentencia de muerte, y se quedó delante de la impresora. La luz continuaba parpadeando, un rápido parpadeo que la angustiaba cada vez más. No supo qué hacer ni como seguir. Las sienes le ardían y el cuerpo le quemaba. Por sus manos corría un frío sudor que auguraba un final incierto.

De pronto, con la vista perdida y las manos temblorosas, comenzó a llorar. Fue un llanto íntimo, de los que casi no se oyen. Pero Elena lo oía, y atrapó en su cerebro el sonido de ese llanto, mientras sus manos seguían temblando. Entonces, tiró del cajón de la impresora.

lunes 13 de septiembre de 2010

Esperando al Informático

La luz blanquecina de farolas, dibuja caminos en la plaza de las cortes. En Agosto Madrid es una ciudad desierta. La gente pasea tranquila. Sin prisas. Cae la tarde y el sol sofocante termina su rutina diaria. Es entonces cuando salimos a la calle, en busca de aire. Pero al final es el mismo calor con distinta luz. Luz artificial.

Una pareja habla distraidamente frente al hotel Villareal. Quizá dos enamorados. O tal vez solo amantes. Entrelazan sus dedos y continuan el trayecto. El camino hacia Neptuno está lleno de barreras. Vallas amarillas que cortan el paso, y paneles azules y blancos de ruidoso metal con carteles de obras por todas partes. Madrid 2010. Haciendose a sí misma. O desaciendose, para volverse a hacer, quien sabe.

Otra pareja cruza la plaza de las cortes. Ésta sí, de enamorados. Él, pelo cano, gafas de pasta y polo rojo. Ella, pelo cardado castaño cobrizo, y vestido con flores estampadas. Soprepasan los 60. Son enamorados porque él agarra su mano con una mezcla de cariño y deseo. Ella sonrié. Conversan. Supongo que sobre algún tema trivial.

Llegando a Neptuno, la otra pareja ya ha soltado sus manos. Parece que han encontrado en los bolsillos de las bermudas el desahogo que necesitaban.

Los leones del congreso, presencian con rutina el espectáculo. Mismos árboles de cada día, mismas luces al anochecer. La piedra centenaria sigue dando vida a la ciudad. Y la ciudad a la piedra.

El autobús de Madrid visión, a vuelto a pasar y el tráfico carrera de San Jerónimo abajo es fluido. Ligero. Como el paso de los viandantes. Finales de agosto. Excesivamente cerca del punto cero, un sofocante placer para los que vivimos aquí las vacaciones.

Y entre todo esto, yo aquí, metida en mi Renault Megane, esperando a que mi novio, el informático, termine de arreglar el ordenador de la recepción del Hotel. Me han invitado a pasar, pero yo prefiero esperar fuera. Si me mezclo con los pinceles, puedo convertirme en un color más de este cuadro.


------- ¿Veís lo que hace el aburrimiento? Al final acabé pasando a tomar una coca-cola porque el tema se demoro más de lo que pensabamos. El caso es que como no sabía que hacer, tomé el consejo de un buen amigo y me puse a escribir. Y pensé. ¿Sobre que escribo? Pues... no sé. Recordé que lo importante es escribir de lo que sea, y me puse a captar imágenes, y aquí las tenéis. La imagen de un miercoles a las 9 de la noche en las cortes. Llevo tres semanas con esto escrito en una libreta pequeña. En mi bolso. Al final lo he publicado. -----

jueves 19 de agosto de 2010

EL VIAJE

Y al séptimo día escapó.



Al séptimo o al octavo, no lo recuerdo bién. Tampoco sé si escapar es la palabra apropiada. Quizá tenga más sentido huir, o tal vez alejarse. Si, realmente se alejó, porque hay cosas de las cuesta demasiado escapar. Cosas que se pegan a tí como una rémora. Al menos de momento. Al menos, por ahora.



Al séptimo día se alejó





Había deborado más de mil kilómetros, los que separan la Bahía de Cadiz de algún lugar escondido en Finisterre. Ahora mira el mar que engulle minuciosamente los restos de un sol que todavía calienta. Mil kilómetros. Su viejo Volkswagen, había aguantado escoicamente la penitencia, como si fuese él el culpable de la huida.





Después de mucho pensar, o más bien en el momento menos pensado, Diego compró dos cajas en una tienda de regalos de la Isla del León. Una roja y una azúl. En la roja guardó todo aquéllo que quería recordar. Una agenda de piel, dos sudaderas viejas, un libro dedicado, y unas cuantas fotos entre otras cosas. La caja azúl la reservó para el destierro. En ella, enterró toda aquello que quería olvidar, pero de lo que no se podía deshacer, no por el momento. Un perfume, una rosa, un poema. Uno entre muchos.




Al día siguiente, cuando el amanecer todavía no había irrumpido en la noche, cargó el coche y se fué. Antes de abandonar la ciudad, paró un momento en las afueras. Miró a lo lejos y dedicó tres lágrimas al horizonte, mientras oteaba las casas blancas de tejados rojos que se amontonaban en la llanura. Tres lágrimas, la cuarta no pudo. Lastima. Arrancó el coche y continuó.





Nunca le había importado conducir durante horas. De hecho, antes de comenzar el viaje, Diego hizo un pacto entre caballeros. El conducía y Mike Olfield tocaba. Por supuesto, Diego prefería conducir antes que tocar.





La primera parada la realizó en Mérida. Siempre había tenido ganas de conocer la ciudad. Amante de los clásicos y atraido por la piedra, pasó allí tres días con sus tres noches. Mérida es una ciudad llena de vida. Cuna de civilizaciones, de hombres y mujeres con sus miserias y desengaños, con sus amores y traiciones. Piedra sobre piedra. Ruinas de una ciudad que un día fué grande y de la que hoy solo quedan resquicios. Sordos silencios. La ciudad cuenta pero también calla. En toda historia, siempre hay una parte que recordar y otra que olvidar, una caja roja y otra azul.





El último día, mientras desayunaba en una terraza de la plaza central, vió pasar a dos enamorados que jugueteaban con una camara de fotos. A Diego le encanta la fotografía. -También hay fotos en mis cajas- Pensó. Concluyó su visita con una propina de cincuenta centimos por un café, todavía le quedaba mucho camino por andar.




Próxima parada, Burgos.




Había pasado su infancia oyendo hablar de la ciudad del frío, como la había bautizado su difunto padre. Cada vez que el calor veraniego hacía de las suyas, con la humedad del mar de fondo, su padre recordaba aquel servicio militar en Burgos. - Eso si que es frío - Solía decir. -Aprenderíais a apreciar este clima si hubierais pasado un año en Burgos. ¿Cómo se puede ser tan fría y bella a la vez?- .





Para el padre de Diego, Don Tomás, Burgos era una ciudad imperial, custodiada por su catedral, joya gótica donde las halla, y cubierta por el frío. Ahora Diego estaba allí. Compró un bocadillo y se lo comió sentado, frente al edificio. Deteniéndose en la piedra blanca. Piedra, otra vez. Fría y bella. - No hay tanta diferencia entre las ciudades y las personas- Pensó. La luz ténue del atardecer creaba una mágica combinación de colores sobre la tez blanquecina del edificio. Un color que Diego nunca imaginó. -Que extraño- pensó - Colores nuevos- De pronto sonrió para sí. Llevaba tiempo sin sonreise, y se dió cuenta de que quizá le quedaban por descubrir las cosas más obvias.




Última parada. Santiago de Compostela.





Si grandes fueron las ciudades anteriores, majestuosa era la catedral de Santiago. Se quedó parado frente a ella, observándola, intentando escuchar algo a través del vidrío, de las campanas o de la piedra. Y escuchó, aunque en un idioma extraño, que tardaría tiempo en descifrar. No es fácil escuchar, pero es mucho más dificil entender. De pronto se sintió aliviado. Con fuerzas. Entró en la Catedral y un sentimiento de paz afloró en él. Intimidad y misticismo, producto del incienso, la música y el ruido de pasos de peregriños.




El bullicio contenido no rompía el silencio. La luz blanquecina que se colaba por las ventanas atravesaba las naves laterales hasta fundise en el centro. Y allí estaba él. Sorprendido ante la fé de los peregrinos y emocionado por la intensidad del momento. Detrás del retablo mayor que hay encima de la cripta, los creyentes besaban al Santo. Y muchos lloraban, emocionados.




- La fé lo es todo - pensó. - Nunca hay que dejar de creer -.





Respiró una útlima bocanada de incienso, y abanonó el templo. Se sitió aliviado, sin saber por qué. Solo le quedaba terminar el viaje, o comenzarlo. Todo depende del cristal con el que se mire, de la fé que se tenga.


Final de trayecto. Finisterre.



Encontro una pensión en una aldea rehabilitada. Por el momento se hospedaría allí. Más adelante rentaría alguna casita pequeña, con terraza exterior. Ese espacio era importante. Sí. Una terraza en la que poder escribir en las noches de primavera, cuando la aldea duerma y su lápiz despierte. Escribir a la luz de un candil, para no llamar la atención, y con una chaqueta de lana para resguardarse del frío. Abrió la maleta y colocó sus dos cajas en el armario. Se dío una ducha y abandonó la estancia.




Después de un largo paseo, llegó a un acantilado, en el que contempló el atardecer en Finisterre. Donde acaba la tierra. Había prometido irse al fin del mundo y cumplió su amenaza. Pero nunca imaginó que el fin podía ser tan bello. Llegado a este punto, cuesta incluso pensar que haya existido algo anterior.




Mientras mira la lejana línea donde el cielo se une con el mar, Diego comienza a sentir la paz que venía buscando. Quizá era un traje a medida que ha venido haciendosé desde Cádiz. El hilo en la despedida de sus casas blancas, su pueblo, y sus tres lágimas. La cuarta no pudo ser, pena. La tela se vino haciendo en sus tres paradas. La piedra de Mérida, la luz de Burgos y el olor de Santiago. Las formas se están definiendo en Finisterre. En su pequeña pensión, en aquella casa que quería rentar y en esta puesta de sol. El traje está por hacer, pero ya tiene los patrones.




Ahora Diego tenía claro que la tierra era redonda. La curbatura del horizonte mostraba su grandiosidad. Y en medio del espectáculo, terminó de ocultarse el sol. Mañana volverá a salir. Porque el sol siempre, siempre sale. Y el mundo, redondo, por fín, seguía girando, como diría un viejo trovador "el mundo no se ha parado ni un momento".




Y al Octavo día, descansó.



Porque descansar es darse cuenta que aunque se está jodido, hay esperanza.



Y al noveno día, comenzó de nuevo.





martes 13 de julio de 2010

Despertar

Bordeo siempre la misma senda. Y siempre tengo la sensación de llegar al centro. Justo cuando estoy llegando siento un golpe que me devuelve otra vez al borde del camino. A veces es un golpe seco, brusco, imprevisible. De esos que te pillan por sorpresa sin saber muy bien quien te dió o porqué te dieron. Otras veces son pequeños golpecitos, constantes e hirientes. Pequeñas punzadas que van castigando y haciendo mella. El tema es que de una forma u otra vuelvo al borde de la senda. Y es en ese momento, cuando la sensación de angustia se vuelve a apoderar de mi. Es como ese gran castillo de naipes que se derrumba al colocar la última carta. Otra vez a empezar, joder! Esta vez estaba más cerca que nunca, casí podía verlo, pero se ha vuelto a caer. Y recojó las cartas entre lamentos.

Primero me culpo.

- Tendría que haberlo hecho más despacio -

- No he tenido cuidado -

- Debí estar más atento -

Pero he leido muchos libros de autoayuda, que me han hecho borrar algunas palabras del diccionario. Debo, necesito, por ejemplo, son las más importantes. Y entonces doy la vuelta a la tortilla:

- Estas cartas son una mierda, no aguantan nada. Eso me pasa por comprar barato. Siempre se caen.

En ese momento suspiro y seco el llanto. Y vuelvo a suspirar. Los libros de autoayuda no me hicieron dejar de estar jodido, pero si no culparme por todo.

Entonces vuelvo al borde la senda. Y me siento agotado, ¡por Dios, no! Otra vez a caminar al límite, a que me duelan los pies, a tener que estar concentrado para no salirme del borde. Y comienzo a caminar mientras lloro, o lloro mientras camino, no se que ocurre primero. Empiezo a pensar en el centro de la senda. Allanada, espaciosa, donde poder caminar apaciblemente, mientras la brisa me pega en la cara y mis pies no se cansan. Sigo pensando y me pierdo. Pero pronto reacciono. Estoy apunto de salirme del borde y no puedo, tengo que concentrarme. Contar mis pasos. Uno, dos, tres, cuatro...

- Jaime! Estás bien? Miramé, miramé, ¡estoy aquí! .

Abro los ojos y veo a Lucia. Esta despeinada y su rostro parece agotado. Una luz blanca nos alumbraba por encima de mi cabeza dolorida. Es un hospital. No se cuanto tiempo llevo aquí, ni mucho menos que ha pasado. Ella esta preciosa, a pesar de todo. Yo agotado. Aparto la mascarílla de mi cara y con gran esfuerzo consigo preguntar.

- Lucía, ¿me he salido?

- ¿Qué? - Reponde ell.a

- ¿Me he salido de la senda, o he conseguido llegar al centro?

- Pero, ¿Qué dices Jamie?. Voy a llamar al médico. No te muevas cariño.

Lucía se levanta apresurademente y se encamina hacia el pasillo. - A despertado - La escucho decir, mientras que un hombre de voz ronca a quien no conozco hablaba de mi. Lucía vuelve a entrar en la habitación, con el llanto contenido y la cara llena de vida. El señor de bata blanca me mira.

-¿Que tal se encuentra? - Pregunta


- No lo sé - Respondo.- ¿Usted podría decirme si me he salido?











------ No se muy bien como ha salido esto, de hecho no se muy bien lo que es, pero ahí está, por lo menos ha salido algo. ----